¡Aquí mando yo!

Trabajar desde casa es la salida para muchas madres. Yo fui autónoma durante los primeros años de vida de mi hijo mediano, y os puedo contar un poco la experiencia:

pájaros cristal

El principio de la historia es el porqué me hice autónoma, y la decisión no fue ni muchísimo menos propia. En la empresa en la que yo trabajaba, pagaban literalmente una porquería, y si querías ganar algo decente, tenías que darte de alta como autónomo. Luego, como podéis comprobar, es un puro engaño que tiene un nombre: “falso autónomo”; dejan de cotizar por ti y te pagan 200 € mas al mes, que tu a su vez cotizas por ti mismo… vamos, un negocio redondo para la empresa, que se ahorra tu cotización y te hace currar tanto (o más) que antes. Además, cuando me “sugirieron” que me diera de alta como autónomo, yo estaba embarazada de seis meses.

Pero… me hicieron un favor, porque me di de alta, pero a los dos días fui a mi jefe y le dije: “como soy trabajadora por mi cuenta, desde mañana trabajaré en casa, si quieres que vaya a algún cliente, me llamas“. Y así lo hice, empecé a trabajar desde casa, llevando un cliente que me permitía vivir y haciendo trabajos esporádicos para el que había sido mi jefe hasta entonces.

Trabajar desde casa tuvo muchas ventajas: podía llevar a mi hija mayor todos los días a la guardería, no tenía que dar explicaciones a nadie de dónde iba, me organizaba el trabajo a mi aire… Pero la autonomía requiere unas pautas, que en mi opinión son las siguientes:

1) Un horario: aunque no tengas que ir a ninguna oficina, tienes que imponerte un horario. Levantarte, ducharte, sentarte delante del ordenador (o la herramienta de trabajo que tengas) a la hora que hayas establecido, poner un horario para recibir llamadas y hacer que los clientes lo respeten… Suena tonto, pero no es nada sencillo.

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Yo me vi muchos días, al principio, trabajando en pijama y a cualquier hora, y es un error.

Las nuevas tecnologías te permiten estar todo el día enganchada, pero hay que tener un horario, porque te ves contestando e-mails a las cuatro de la madrugada y puede que haya clientes despiertos a esa hora…

2) Acostumbrar a las llamadas a que hay un bebé por ahí: que puede llorar en medio de la conversación, para que no les pille de sorpresa si se da el caso.

3) Las madres autónomas tienen baja maternal, pero es una farsa (por lo menos en mi caso). Hay que hacer malabares muy diversos para conseguir no desconectar del trabajo, porque no hay quién te sustituya y tienes que estar ahí. Aprendes a aprovechar los tiempos que te deja el bebé, pero la verdad es que es un momento duro, donde hay que plantearse si merece la pena. Yo finalmente, lo dejé por esto. Después de cuatro años de autonomía y una baja trabajando, me di cuenta de que no podía seguir así, sobre todo porque hacía algo que tampoco me llenaba del todo.

4) La compañía se echa de menos: yo me iba sola a mi cocina a tomar un café y lo pasaba mal por no tener compis con los que hablar. Estar tu sola tiene muchas ventajas, pero también se echa de menos alguien con quien “comentar la jugada” de vez en cuando.

Si os digo la verdad, ahora me vuelvo a plantear el trabajo por mi cuenta. Pero con otra perspectiva: hacer algo que me apetezca, que tenga tiempo para mi familia, donde no esté sola y no sea insustituible… vamos, que estoy pidiendo la luna, ¡ya lo sé!

La imagen destacada es una foto de mi salpicadero, hoy en Madrid -4º ¡qué frío!
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